Thursday, March 21, 2013

Mar | 21 | Los cantos profundos del espíritu

ALABA

Salmos 33:1-3
Canten al SEÑOR con alegría, ustedes los justos; en los íntegros es hermosa la alabanza. Alaben al SEÑOR al son del arpa; entonen alabanzas con el decacordio. Cántenle una canción nueva; toquen con destreza, y den voces de júbilo.

Los cantos profundos del espíritu

“Mientras cantamos las alabanzas de nuestro Dios en Su iglesia, nos ocupamos de esa parte de la adoración que, entre todas, es la más cercana al cielo, pero que es una pena que, también de entre todas sobre la tierra, ésta sea la que peor se realiza. El Evangelio nos acerca más al estado celestial que todas las dispensaciones anteriores de Dios entre los hombres, y en estos últimos días del Evangelio estamos casi a la vista del Reino de nuestro Señor y, sin embargo, no conocemos los cantos de la nueva Jerusalén, y nos falta práctica en la obra de la alabanza”. Así dice el párrafo introductorio del prefacio de los Himnos y Cantos Espirituales, de Isaac Watts (1674-1748).

He asistido a muchas reuniones de alabanza que, si esas son un testimonio de cómo será el cielo, me hacen querer permanecer en el tren celestial e intencionalmente, ¡perder mi parada! Si alabar a Dios por toda la eternidad en el cielo es como algunas de esas reuniones de alabanza de las cuales participamos en la tierra, entonces amigos, ¡yo no voy!

Se ha dicho que la adoración no es acerca de nosotros ¡sino acerca de Dios! Estoy de acuerdo con eso pero no estoy listo para tomar esa verdad como excusa para el continuo fluir de banalidades piadosas y coros entumecidos y fríos, tan unidos a las letras de canciones vacías y de poco peso, que no conmueven a la gente para nada, excepto con los pensamientos de la cama y de irse a dormir. Una combinación de palabras poderosas, labios tocados por el Espíritu Santo y un corazón conmovido deberían, de manera sobrenatural, elevar el espíritu del hombre y hacerlo volar hasta Jesús.

Tampoco me parece correcto que cuando escuchamos algunos acordes notables aplaudamos con regocijo y digamos: “¡Oooh, ésta me gusta!” Bueno, está bien si te hacen bien a ti amigo, pero recuerda ‘¡no se trata de ti!’ Lamentablemente, la mayoría de nuestros cantos postmodernos no están lejos de un simple deleite espiritual. En su mayor parte son sobre nosotros y están escritos con vistas a nuestra propia caricia emocional.

Cuando las palabras y la música y nuestros corazones estén todos en armonía, y nos encontremos llorando con asombro por lo que Jesús ha hecho por nosotros y por lo que nos ha dado, el mundo entero vendrá entonces por montones para escucharnos a nosotros, el pueblo de Dios. ¡Gloria a nuestro Redentor! y todo el infierno, a su vez, temblará por el temor de escucharnos a nosotros, los hombres santos de “Harlech” (guerreros famosos en cantos e historias), llegar al campo alabando a Jesús con cantos profundos del espíritu, preparándonos para los últimos días.

Tal vez el llamado debe extenderse, pidiendo por más poetas guerreros, hijos del gran David, que tomen su pluma así como su espada y vuelvan a las raíces profundas de aquel Isaac de la antigüedad que una vez mirara hacia los días que venían. Porque verdaderamente, “en estos últimos días del Evangelio estamos casi a la vista del Reino de nuestro Señor y sin embargo, no conocemos los cantos de la nueva Jerusalén, y nos falta práctica en la obra de la alabanza”.
Dime amigo, ¿Cómo está quedando ese nuevo canto? ¿Cómo está tu vida de alabanza? ¿Realmente has sentido a la oscuridad temblar últimamente? ¿O sólo estás cantando líneas vacías?

Medita: “Puso en mis labios un cántico nuevo, un himno de alabanza a nuestro Dios. Al ver esto, muchos tuvieron miedo y pusieron su confianza en el SEÑOR.” Salmos 40:3

Ora:
Muchas son, SEÑOR mi Dios, las maravillas que Tú has hecho. No es posible enumerar Tus bondades en favor nuestro. Si quisiera anunciarlas y proclamarlas, serían más de lo que puedo contar. A Ti no te complacen sacrificios y ofrendas, pero me has hecho obediente. Abre SEÑOR mis labios, y mi boca proclamará Tu alabanza. (Salmo 40:5-6a y Salmo 51:115 NVI)



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